Por Javier Falcón Quintero. Miembro de la Asociación Cultural Tyldet y socio de la Sociedad El Tabaibal de San Antonio desde la noche que se vio la luna a través de su desaparecido tejado.
Faltaba poco para que el otoño entrase en nuestro pueblo. Mi padrino con cachorro y yo con catorce años, subimos a quitar las hojas caídas de los árboles de la plaza para que no taponasen los desagües. Pero el viejo tejado cedió a nuestro poco peso y allí quedó durante días un agujero hacia el cielo. Afortunadamente, un falso techo evitó que llegásemos al suelo y lo pudimos contar como lo hago ahora. Aquella noche, los socios pudieron ver la luna sin necesidad de salir a la calle. Entonces la Sociedad estaba en un salón que pertenecía a la casa de mi familia, sólo los separaba un tabique que no insonorizada ni el “envío” del juego de cartas ni el golpeo de la bola blanca del billar contra la negra. Pero eso fue a finales del siglo pasado. Ni yo soy ya un adolescente ni aquel cachorro, también negro, tiene quien lo use.
Hace pocas semanas subí con un miembro de la directiva actual a la azotea de la nueva sede. Me pareció grandiosa. Pensé en aquel suceso y me alegré de la seguridad que daban ahora los cimientos y la estructura de esta entidad centenaria, levantada por manos conocidas (familiares y amistades). Una labor que había que homenajear, porque queda en pie algo que en otros lugares se ha derrumbado: tras pasar por el “mentidero” de su acera y el buen olor de la cocina de su cantina, aquí te recibe la literatura, el compañerismo, el baile, la tradición, el recuerdo… Es como si nadie se hubiese marchado. No se ve la luna desde el salón pero es un lugar que te acerca a ella y al reflejo de las personas que incluso ya no están aquí.
Por todo lo anteriormente redactado, que es algo mínimo pero representativo de lo que he intentado transmitir, a través de la Asociación Cultural Tyldet hemos querido que su escenario no permanezca en la oscuridad al irse la tarde de este último domingo de noviembre. Mientras siguen cayendo hojas secas de aquellos mismos árboles, encenderemos varias lámparas para iluminar la raíz de lo que quieras seguir viendo. Créenos, nadie se ha marchado de aquí.
